 Entre los 17 y 18 años de su juventud empezó a drogarse, así fue el comienzo de Carlos Cal de Uruguay, primero consumiendo marihuana y luego cocaína… y a partir de ese momento no se detuvo ni un solo día.
Drogarse los 365 días, durante 18 años, produjo trastornos graves en su cerebro... a tal punto que un día decidió destruir su propia casa, destrozándola por partes hasta que llegó su mamá, quien llamó a la policía y fue llevado ante el juzgado condenado a ir al siquiátrico.
Carlos estaba resentido con la vida, con el sistema, con la política, con los policías, con todo el mundo…
Al salir del psiquiátrico su meta era solo una ir a un almacén a comprar vino o ir a una farmacia a comprar alcohol rectificado o a una boca de droga, y después no había más nada…su deseo de destrucción era cada vez más intenso, hasta volver a destruir el lugar nuevo donde vivía, por lo que fue echado a la calle y sin dinero.
Así pasaron los días en su vida, amaneciendo en internado en el hospital siempre herido y sin recordar lo que le había pasado. Y luego de probar la prostitución, las mujeres y el dinero, ya no le importaba el amor, la felicidad, ni tener una casa o una familia, se entregó al abandono total y desde allí, la calle fue su hogar.
Su estado físico era lamentable: un año entero con la misma ropa, lleno de piojos de ropa que se crían ahí mismo… el alcohol rectificado que había quemado su piel, tenía sarna, los pies lastimados, sin cortarse las uñas durante dos años, su hígado quemado por el alcohol y los ansiolíticos y antidepresivos, combinación que se volvía una bomba en su cabeza tumbándolo cada noche. Carlos solo pensaba de sí mismo que no podía volver atrás y no había tampoco un futuro.
Para su sorpresa, muy pronto, alguien le mostraría amor verdadero a pesar de su estado. Luego de vestir el mismo saco por dos años, frente a él pasó un hombre bien vestido quien se inclinó para darle 20 pesos y se puso a llorar junto a él, de inmediato él le dio su saco nuevo y se marchó. Ese maravilloso evento marcó la vida de Carlos, quien para ese momento llevaba 5 días sin comer.
Esa misma noche despertó en un ataque de temblor y miedo, y miró al cielo después de tantos años sin verlo y le pidió a Dios que le ayudara por primera vez. En la mañana fue al hospital pero no fue recibido porque ya no se le podían dar más oportunidades. Ahí Carlos lloró desesperado y se le concedió lo que iba a ser la última esperanza. Y fue enviado a un hogar de rehabilitación cristiano. Ahí fue “desinfectado”, y le dieron 30 pastillas para cada día por los temblores que tenía a causa de no tomar alcohol y sin drogarse.
En su estado de anestesia, luego de un mes ahí realizó dónde estaba y comenzó a ver la felicidad de las demás personas que vivían ahí, y así en una reunión fue tocado Dios y desde ese momento comenzó a conocer ese poder y ese amor al entregar su vida a Cristo. A partir de esa entrega de su vida a Jesús, comenzó la luz: se fueron todas las dudas, los temores, los miedos… se fue toda la medicación… se fue toda la tristeza, la melancolía… el vacío… las soledades y apareció el amor, apareció el propósito, apareció el valor a su vida, apareció la luz que le inundó de esperanza.
La gente que le conoció siendo un mendigo, se emocionan y se ponen a llorar de alegría al verlo ser una nueva persona sabiendo que Jesús es el único que le puede dar un sentido a la vida. |